06/02/2017 Attendis

Adolescencia: libertad frente autoridad

La adolescencia es una de las etapas más temidas por los padres.

A los procesos biológicos que se ponen en marcha al finalizar la niñez se suman cambios de tipo psíquico, caracterizados por una mayor autonomía y una incipiente búsqueda de la propia identidad. Se trata de una fase crítica del desarrollo en la que es habitual que se produzcan conflictos familiares, variaciones en el rendimiento académico y, en casos extremos, trastornos graves de la personalidad o de la conducta.

Mariano Hernández-Barahona es especialista en Psicología Clínica. Con frecuencia acuden a su consulta padres de adolescentes que demandan su ayuda. Los temas más recurrentes son, por un lado, los relacionados con el bajo rendimiento escolar y, por otro, los problemas derivados de la convivencia: “dificultades para aceptar normas, comportamientos disruptivos, propensión a generar situaciones de tensión y de conflicto en las relaciones familiares…”. Pero la iniciativa para acudir a un profesional no siempre parte de los padres, en ocasiones son los propios adolescentes los que solicitan ayuda: “en estos casos, normalmente los temas están relacionados con dificultades de integración social, problemas para relacionarse con otras personas, crisis de identidad, y cuestiones relativas al aspecto afectivo y sexual”.

El proceso que conocemos como “adolescencia” se inicia con la pubertad, en torno a los 10 años en las chicas y a los 11 en el caso de los varones. Es un periodo caracterizado por los cambios (la raíz latina de adolescente, adolescens, significa “el que comienza a crecer”) que conducen al niño a su transformación en un adulto: cambios biológicos, psicológicos, sociales… Es la época de descubrimiento del propio yo, lo cual suele ir acompañado de una sensación de gran inseguridad.

La clave está en la comunicación

Un estudio de la Liga Española de la Educación publicado en 2012 reveló que cuatro de cada cinco adolescentes tienen la percepción de que el mundo adulto muestra escaso interés y limitada sensibilidad para comprenderles. Siendo para ellos, según la citada investigación, la comprensión hacia sus problemas el rasgo más apreciado en el entorno familiar[i]. La comunicación con los adolescentes sigue siendo una de las grandes asignaturas pendientes de los padres, pese al papel indispensable que, según los especialistas, juega en esta etapa del desarrollo.

¿Qué deben saber los padres para superar su tradicional incapacidad para comunicarse con los hijos al llegar a esta etapa? “En el caso de los adolescentes –asegura Hernández-Barahona-, casi tan importante o más que lo que se le quiere decir es cómo se les dice. En ese sentido, es fundamental contar con el punto de vista y la opinión del adolescente; que se sienta escuchado y valorado con respecto a cómo ve las cosas, cómo las experimenta, cómo se siente. Se aborda mucho mejor el trato con ellos preguntando ‘¿cómo te has sentido en esta situación?’ o ‘¿qué crees que has aprendido de esto?’ que emitiendo el diagnóstico y la solución que, según el adulto, debe darse al problema planteado”.

“También es importante –continúa el especialista- no dramatizar ante las situaciones y conflictos que puedan surgir. Muchas veces no vemos el problema concreto que plantea el adolescente, sino que nos preguntamos cuál será su evolución posterior… lo cual añade una enorme carga de negatividad, que nos lleva a dramatizar, perdiendo la perspectiva”.

Salidas nocturnas: ¿dónde están los límites?

La adolescencia es la época en que los chicos comienzan a sentir el deseo de independizarse de los lazos familiares, además de un creciente interés por promover las relaciones de amistad y de identificarse con un determinado grupo social. Las salidas nocturnas en compañía de los amigos constituyen una de las manifestaciones más claras de este proceso. Sin duda, es este uno de los puntos que más conflictos generan en la relación entre los adolescentes y sus padres. Los primeros buscan el mayor margen de libertad posible; los segundos, ven la necesidad de poner normas, aunque no siempre tienen claros los límites entre las actitudes autoritarias y las permisivas.

No se trata de una cuestión menor. Las salidas nocturnas de los adolescentes pueden ir aparejadas con trastornos en el descanso, pérdida de rendimiento escolar y consumo precoz de alcohol o incluso drogas, con todas las graves consecuencias que esto conlleva.

Los expertos evitan dar unas pautas excesivamente concretas y señalan, más bien, la importancia de atender a factores como el grado de responsabilidad demostrado por el adolescente en ocasiones anteriores o las condiciones particulares de las zonas de ocio de los chicos. Así, el psiquiatra Javier de las Heras, señala en su libro Rebeldes con causa que “Por un lado, se le debe dar un margen de libertad para que pueda compartir suficientemente el tiempo de ocio y estilo de vida de sus amigos (…). Sin embargo, cuando las circunstancias implican riesgos importantes, como el hecho de vivir en un barrio donde es frecuente, entre los adolescentes, el abuso del alcohol, consumo de drogas (…) puede dar mejor resultado la restricción de libertad hasta que alcance una edad superior y, por tanto,  una personalidad menos influenciable y vulnerable”[ii].

Adultos implicados

A la hora de poner límites y normas a los hijos, ya sea en este o en otros ámbitos de su comportamiento, Mariano Hernández-Barahona aconseja “implicarlos en las soluciones a los problemas, no dárselo todo hecho. Lo cual no quiere decir que el adolescente dicte lo que hay que hacer. Necesita un adulto asequible, disponible, respetuoso, pero que también le oriente, incluso que le ponga límites y le diga que no; eso sí, tiene que ser un ‘no’ razonado”.

Por otra parte, es recomendable que los padres adopten una actitud activa ante el ocio nocturno de los hijos; no centrándose tanto en la imposición de reglas como en la aportación de alternativas más saludables, desde el respeto y el conocimiento de los gustos de los hijos. Hay una gran variedad de actividades, como deportes, excursiones, aficiones artísticas y musicales, que pueden ganar terreno al deseo de los adolescentes de reunirse hasta altas horas de la madrugada.

“Vacunarse” contra la adolescencia

Pese a que la adolescencia es, por su carácter de cambio hacia la madurez, una etapa propicia a la aparición de conflictos, muchos de los problemas que surgen en este momento tienen sus raíces en la infancia. En este sentido, psicólogos y pedagogos destacan la importancia de que los padres estén atentos, desde los primeros años, a cualquier signo que pueda suponer una anomalía en el desarrollo de sus hijos; o bien a manifestaciones que puedan llevar a sospechar en la existencia latente de un trastorno de la personalidad. Este es un campo muy amplio, que va desde retrasos en el aprendizaje a problemas relacionados con el sueño, la atención o la afectividad. No podemos abordarlo aquí; baste señalar que, ante la duda acerca de la importancia o no de un determinado síntoma, los padres deben acudir al criterio de un especialista.

Pero, dejando de lado la prevención de los aspectos patológicos, existen determinadas actitudes por parte de los padres que pueden ayudar a prevenir algunos de los problemas más comunes de la adolescencia.  Así, una de las claves en el desarrollo temprano de la personalidad es la autoestima. Javier de las Heras señala que “Facilitar que el niño tenga un suficiente nivel de autoestima tal vez sea, desde el punto de vista psicológico, una de las tareas en las que deberían tomar mayor interés los padres y educadores. Desgraciadamente, no son pocos los casos en los que éstos, lejos de reforzarla contribuyen con sus actitudes a deteriorarla”[iii]. Ofrecer muestras de afecto a los hijos, reforzar sus hábitos positivos, promover la confianza en sí mismos y en los demás, dándoles la oportunidad de desarrollar su propia responsabilidad –por ejemplo, con pequeños encargos- son algunas maneras concretas de favorecer la autoestima.

Buscar sus intereses

Por su parte, Mariano Hernández-Barahona subraya, una vez más, los beneficios de promover la comunicación con los hijos, ya desde la niñez: “El adulto tiene que buscar espacios para comunicarse con el niño, aunque disponga de poco tiempo; no se puede hablar solo de estudios, sino también sobre qué intereses tiene, qué amigos tiene, qué cosas le gustan. Además, es importante vencer el miedo a entrar en ciertos temas: como la sexualidad, el alcohol, las drogas, los enamoramientos… es conveniente empezar a tratarlos desde la infancia. No se trata de dar una charla, un día a una hora determinada, sino de propiciar un clima de diálogo y naturalidad en estas cuestiones; así será más fácil que luego, en la adolescencia, los hijos comenten con sus padres esos temas que, por sentido de la intimidad, cuesta más manifestar”.


Artículo original publicado en el número 17 de la revista Signos por Miguel Ángel Carrasco Barea.

[i] Adolescentes de hoy. Aspiraciones y modelos. Liga Española de la Educación en colaboración con el Ministerio de Sanidad, servicios sociales e igualdad. 2012.

[ii] Rebeldes con causa. Los misterios de la infancia. Javier de las Heras. Editorial Espasa Calpe, 2001.

[iii] Ibídem

Con la colaboración de Mariano Hernández-Barahona Palma, especialista en Psicología Clínica.

 

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