03/02/2017 Attendis

Chicos competitivos, chicas colaboradoras

La ciencia pone de manifiesto cómo las niñas y los niños estudian y aprenden de manera diferente.

 

Ana y Carlos son hermanos; Ana tiene 15 años, es delegada de su clase y muy disciplinada. Ayuda en casa y saca unos ‘ahorrillos’ trabajando como canguro los fines de semana. “Estamos muy orgullosos de ella” afirman sus padres.

Sin embargo, ellos muestran su gran preocupación con Carlos, que acaba de cumplir 14. “Siempre hemos procurado darles el mismo trato, van al mismo colegio y con los mismos profesores. Las salidas con amigos. Pero Carlos ¡está tan rebelde! Sus notas han bajado y casi su única preocupación son sus torneos de tenis. Dice que se aburre en clase y que está harto de que le comparen con Ana.  Parece que no ha encontrado ‘su sitio’. Si nos hemos preocupado lo mismo por ellos ¿cómo nos han salido tan distintos? ¿Qué hemos hecho mal?

Ana y Carlos, hermanos, casi de la misma edad y según sus padres “tan diferentes”. Ahí está la clave. Quizás, Blanca y Manuel han pasado por alto el principal rasgo diferenciador de sus hijos: SON UN CHICO Y UNA CHICA.

Cada persona nace hombre o mujer, y según estudios científicos, con ritmos diferentes de maduración personal y aprendizaje, por lo que en el proceso educativo no debe ignorarse esa diversidad. Desde esta premisa, la escuela diferenciada es una opción educativa que procura que alumnos y alumnas cultive las cualidades propias de su propio modo de ser.

¿Sólo un 3% de diferencia?

Tal y como afirma Michael Gurian, para lograr que el niño aprenda hay que entender cómo trabaja su cerebro[1]. “Desde el punto de vista genético se calcula que la diferencia entre varón y mujer se mide en un 3%, aunque con la característica de que esa pequeña diferencia se halla en todas las células de nuestro cuerpo. Eso tiene al menos dos consecuencias: que somos más iguales que diferentes y que somos iguales y diferentes en todo”[2].

La neurobióloga Louann Brizendine, suscitó un gran debate en Estados Unidos tras la publicación de su libro El cerebro femenino, donde expone su tesis “los cerebros masculino y femenino son diferentes por naturaleza”. Todo cerebro tiene desde la concepción y hasta las ocho semanas de vida fetal, circuitos cerebrales de tipo femenino. Después de la octava semana, los varones empiezan a liberar enormes cantidades de testosterona con las que «impregnan» los circuitos cerebrales y los transforman del tipo femenino al tipo masculino. Esta “marea” mata algunas células en los centros de comunicación y haciendo crecer otras en los centros sexuales y de agresión. Consecuencia para los fetos femeninos, es que sus células cerebrales desarrollarán más conexiones en los centros de comunicación y en las áreas que procesan la emoción.

Hombres de Marte, mujeres de Venus

Los estrógenos y la testosterona mandan. Como afirma el doctor en psicología John Gray, especializado en terapia de pareja “los hombres y las mujeres, piensan, sienten, perciben, reaccionan, responden, aman, necesitan y valoran de manera totalmente diferente. Casi parecen proceder de planetas distintos, con idiomas distintos y necesidades también diferentes[3].

Científicos junto a Brizendine, destacan la importancia de atender al desarrollo cerebral que se produce sobre todo entre los seis y los dieciséis años. En esta etapa se observa cómo los niños difieren de las niñas en su ritmo de maduración; en sus intereses; inquietudes; aficiones; forma de socializarse; formas de reaccionar ante idénticos estímulos; juegos; afectividad; comportamiento. De manera generalizada, a hombres y mujeres les afectan de modo diferente las situaciones de tensión y peligro. A ellos suele estimularles mientras que a ellas les provoca rechazo.

Todas estas diferencias provocan que tengan asimismo una diferente forma de aprender. Los métodos docentes o técnicas pedagógicas válidas para los varones pueden provocar efectos negativos en las niñas y viceversa. Las metas, los objetivos a alcanzar deben ser los mismos, pues lo que realmente buscamos es la igualdad de oportunidades. Ignorar las diferencias las convierte en limitaciones. “Comprender los mecanismos cerebrales que subyacen al aprendizaje podría transformar las estrategias educativas y permitirnos su optimización”[4].


Artículo original publicado en el número 15 de la revista Signos por Carolina Campos Domínguez.

[1] M. GURIAN: Minds of Boys: Saving Our Sons From Falling Behind in School and Life.

[2] B. CASTILLA CORTÁZAR: Los masculino y lo femenino en el siglo XXI.

[3] J. GRAY: Los hombres son de Marte, las mujeres de Venus.

[4] SARAH BLAKEMORE y UTA FRITH. Cómo aprende el cerebro.

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