05/06/2017 Attendis

Educar con gusto

La formación del sentido estético puede mejorar la capacidad social y emocional de los niños.

¿Es posible hablar, en plena posmodernidad, de “buen” o “mal gusto”? Y, más aún, ¿podemos  contemplar la posibilidad de que la educación del gusto sea una parte fundamental del aprendizaje de nuestros hijos? Toda una corriente de artistas y educadores afirma que sí. Sostienen que la educación de la sensibilidad es más necesaria que nunca para proteger a los niños de la avalancha de contenidos a los que les someten la televisión, internet y los videojuegos. El gusto, desde este enfoque, no se reduce a la valoración de obras artísticas, sino que se convierte en una herramienta para afinar el juicio crítico y mejorar la competencia social y emocional.

No por casualidad, las palabras “sabor” y “saber” proceden de la misma raíz. El verbo latino sapere guardaba relación con la capacidad de discernir, de tener juicio y valorar —gustar— la bondad o maldad de las cosas. Y es que el gusto, en su acepción original, tiene mucho que ver con la formación del espíritu crítico y con la adquisición del criterio necesario para juzgar la calidad de todo lo que nos rodea.

Algo más que estética

Las ventajas de la educación temprana del gusto, afirman los especialistas, alcanzan a todas las facetas del niño: “La educación estética lleva al perfeccionamiento de muchas cualidades y particularidades físicas y psíquicas de los niños, ya que desde pequeños se sientan las bases de la futura personalidad —señala Belén González García-Negrotto, doctora en Bellas Artes y profesora del colegio de Attendis Grazalema (El Puerto de Santa María)—; el gusto estético completa la integridad de la persona por su importancia en el desarrollo de los campos afectivos, además de los terrenos cognitivos”. Sin embargo, la mentalidad pragmática imperante en la sociedad ha ganado terreno en los hogares, y la educación del gusto ha perdido protagonismo en relación a otros ámbitos: “Los padres, algunas veces, desconocen los propios objetivos de la creación artística, que es interdisciplinaria”, afirma la docente. En ocasiones, las aficiones de carácter artístico quedan ahogadas por “el temor a ser diferentes, manifestado en el niño por el miedo al rechazo por parte de su entorno, de la sociedad en general, de la moda…”. Por último, el auge del ocio tecnológico supone una amenaza para la transmisión del gusto en la infancia, ya que “elimina el poder creativo y el pensar dentro del campo humanístico y de las ciencias”, opina González.

Educar para la belleza a través de la belleza

Quizás el punto de partida más evidente para la educación del gusto es la transmisión a los hijos de la idea de “belleza”. A este respecto, González García-Negrotto subraya: “Hay que aprovechar la sensibilidad emocional de los niños. La interdisciplinaridad del entorno junto al buen hacer educativo, propicia el encantamiento hacia la belleza, la estética y la propia ética. Se educa para la belleza a través de la belleza. Hay que enseñarles que en la vida lo ordinario se puede convertir en extraordinario”. No basta, advierte la especialista, con familiarizar a los pequeños con las grandes obras artísticas: “Se puede rodear a los niños de cosas bonitas, pero si no se les muestra la unión entre la belleza y su vida, todo resulta en vano. Debemos enseñarles el sentido de las cosas, la unión entre la belleza y la realidad, es decir, el sentido de la vida”.

Catherin L’Ecuyer: El asombro y la belleza, motores del aprendizaje

Catherine L’Ecuyer es abogada y madre de cuatro hijos. Esta canadiense afincada en Barcelona comenzó a interesarse en 2008 por la educación en los primeros años de la infancia. Fruto de su investigación surgió el libro Educar en el asombro (Ed. Plataforma, 2013), que en menos de dos años ya ha alcanzado las nueve ediciones. Tras un estudio a fondo de los procesos cognitivos, Catherine llegó a la siguiente conclusión: el verdadero detonante del aprendizaje de los niños es la capacidad de asombrarse por el mundo que les rodea. “Educar en el asombro es educar al niño en el agradecimiento por la vida, por la belleza y el misterio que le rodea”, explicó en una reciente entrevista para el diario La Vanguardia. A Catherine le gusta repetir en sus intervenciones públicas una cita de G. K. Chesterton: “En cada niño, todas las cosas del mundo son hechas de nuevo y el Universo se pone de nuevo a prueba. Cuando paseamos por la calle y vemos debajo de nosotros esas deliciosas cabezas, deberíamos recordar que dentro de cada una hay un Universo recién estrenado, como lo fue el séptimo día de la creación”. Y es que la capacidad de asombro es la forma natural que tienen los niños de descubrir el mundo: un auténtico tesoro que los adultos deberíamos custodiar pero que, con demasiado frecuencia, desaprovechamos. La sobreestimulación —televisión, videojuegos (incluidos los supuestos juegos “educativos”)— y el consumismo afectan a ese proceso de descubrimiento natural, convirtiendo a los niños en seres pasivos, incapaces de desear nada de verdad, porque ya lo tienen todo. Por el contrario, el asombro permite “ver lo extraordinario que se esconde en lo ordinario… Lo que nos lleva a una actitud de profunda humildad y agradecimiento”. Catherine L’Ecuyer reivindica el poder educativo de la Belleza y aboga por ayudar a los pequeños a desarrollar su capacidad natural para reconocer lo bello, “porque la belleza es lo que asombra”. Con el fin de facilitar a los padres esta tarea, ofrece en su blog una lista comentada de DVDs y libros “bellos” para cada edad de la infancia.

¿Por dónde empezar? Consejos para educar el gusto en casa

Una aclaración: cuando hablamos de educar el gusto de los hijos no nos estamos refiriendo a programar continuas visitas a museos, convertirlos en unos pequeños eruditos del arte, cambiar los
dibujos animados por cine de autor…, ni a ninguna otra cosa que esté fuera del alcance de una familia normal. Se trata, por el contrario, de iniciarlos, desde los primeros años, en la apreciación de la belleza —también de la llamada belleza moral— presente en los objetos y en las personas que están a su alrededor. Estas son algunas recomendaciones prácticas:

Fomentar, desde la primera infancia, el contacto con la naturaleza. La observación del cielo, el mar, un bosque, los animales…, despiertan una primera intuición de la belleza en los niños. Por el contrario, una exposición descontrolada a formas de ocio tecnológicas, como la televisión o los videojuegos, puede privar a nuestros hijos de desarrollar adecuadamente su percepción sensorial. La saturación de estímulos conduce a la insensibilidad.

La educación sensorial en los primeros años de la infancia está dirigida al reconocimiento de formas, tamaños, texturas, colores… Pero hay que tener en cuenta que, “como en cualquier faceta de la educación, en la sensorial, el lenguaje va a estar muy asociado, siendo a veces difícil el percatarnos de si los fallos cometidos se deben a deficiencias perceptivas o a un vocabulario deficiente”.1 Por eso, cuando el pequeño comienza a desarrollar el lenguaje, es conveniente ayudarle a adquirir el vocabulario básico relacionado con la descripción de los objetos de su entorno.

Favorecer el silencio. Hoy en día, todos corremos el riesgo de sufrir una sobreestimulación, que, en el caso de los niños, puede causar daños irreparables para su desarrollo. El ruido —en sentido literal y figurado— es una de las características del mundo en que vivimos. Los padres tienen un reto por delante, y es favorecer la serenidad en el hogar, posibilitando la reflexión, la escucha, la observación de las personas y de la naturaleza. El ejemplo es fundamental: unos padres que están todo el día pendientes de whatsapp y twitter difícilmente prestarán la suficiente atención a los hijos, pero además les estarán transmitiendo, sin darse cuenta, un peligroso hábito: el de atender permanentemente a lo efímero. Como señala el músico bilbaíno Íñigo Pirfano, “el que se agita absorbido por las pequeñas y múltiples preocupaciones y fatigas diarias, se encuentra imposibilitado para reparar en la belleza de cuanto le rodea”.2

Emitir en presencia de los hijos juicios sobre objetos susceptibles de una valoración estética: sobre un dibujo, un juguete, una flor, una melodía… Preguntar a los pequeños para que ellos mismos reflexionen sobre por qué hay cosas que les parecen “bonitas”  y otras que no. El orden es una de las fuentes de la belleza: podemos hacer ver a los niños que un cuarto ordenado es más “bello” que uno desordenado…

Manifestar nuestro desagrado ante el feísmo de muchas creaciones actuales: determinados juguetes, dibujos animados… Es importante en estos casos no imponer nuestro propio criterio, ni adoptar medidas prohibitivas. En estos casos es más efectivo explicar a los hijos por qué no nos gusta un determinado objeto, y qué elementos lo convierten en algo vulgar, cursi, kitsch… No cabe duda de que lo “feo” puede tener valor artístico; pero para llegar a esa conclusión hay que partir de una primera experiencia de la belleza.

Aprovechar el poder de la imagen. La doctora en Bellas Artes Belén González García-Negrotto hace notar la riqueza educativa que encierran las ilustraciones de los cuentos infantiles: “ayudan a transmitir diferentes sentimientos, escenarios y situaciones que muchas veces las palabras no describen con la misma precisión. Pero además, permiten educar el gusto estético de los niños. Elaboradas con diferentes técnicas (fotografía, dibujo, collage, acuarela…), muestran la diversidad que existe al representar la realidad, para que el niño llegue a valorar ilustraciones tanto realistas como imaginativas o abstractas y se aleje de los estereotipos”.

Iniciarles en la observación de las obras artísticas, de una manera adecuada a su edad. Por ejemplo, podemos hacerles ver la perfección en la representación del cuerpo humano del Discóbolo de Mirón, la delicadeza de un vaso de agua en El Aguador de Velázquez, la armonía matemática de una pieza de Bach…; o bien aprovechar una excursión para mostrarles la diferencia entre una iglesia barroca y otra gótica. Existen en el mercado editorial diversas historias del arte para niños que nos pueden servir para este propósito.

Plantear la posibilidad, sin forzar los gustos de los hijos, de optar por alguna actividad extraescolar de tipo artístico: música, pintura, danza…

Repasar cuáles son los hábitos de ocio en el hogar y, en particular, los de los padres: qué programas de televisión y películas se ven en casa, qué música se oye, en qué sitios tienen lugar las excursiones familiares…, ¿reflejan algún tipo de inquietud artística?

La educación del gusto: una breve mirada a la historia

La educación del juicio estético siempre estuvo en la mente de los estudiosos de la cultura y la educación. Platón, en La República, afirma que “El arte debe ser la base de la educación”. Pero es a partir del siglo XVIII cuando —como señala Petra Mª Pérez Alonso-Geta, catedrática de Antropología de la Educación de la Universidad de Valencia— “se llevan a cabo los planteamientos centrales en la reflexión sobre el gusto estético. Giran en torno a las siguientes cuestiones: ¿es el gusto una facultad o una capacidad adquirida y condicionada por la cultura?; ¿es esencialmente  racional o fundamentalmente sensible?”3 Las ideas en torno a esta materia se sucedieron hasta el siglo XIX. Pero poco a poco las propuestas de los intelectuales fueron alejándose de los criterios objetivos y universales, dando paso a un subjetivismo que, a la postre, supuso el fin de cualquier posible teoría sobre el gusto y su aprendizaje. Este proceso que, en el mundo del arte, llegó a su punto álgido con las vanguardias del siglo XX, acabó por poner en cuestión la existencia de parámetros de valoración válidos para todos. Sin embargo, ya desde mitad del siglo pasado comenzaron a surgir, desde diversos ámbitos del pensamiento, manifestaciones y estudios que reivindicaron la necesidad de recuperar la educación de la sensibilidad estética en la infancia. Especialmente emblemática fue la publicación del libro Education through Art (Educación por el Arte), del escritor y crítico de arte inglés Herbert Read. Retomando la tesis platónica del arte como base de la educación, Read afirma que la estética es parte fundamental de la educación integral del ser humano, contribuyendo a la canalización de sentimientos y emociones, así como a la formación del sentido ético.4 En sintonía con estas ideas, docentes e instituciones educativas de todo el mundo han llevado a cabo durante las últimas décadas programas que tratan de potenciar el binomio Arte-Educación. Entre los muchos ejemplos más o menos recientes de estas iniciativas podríamos mencionar Learning through Arts, en las escuelas públicas de Nueva York o Creative Partnerships en Reino Unido. En definitiva, hoy es ampliamente aceptada la idea de que la educación del gusto o sentido estético en la infancia tiene un indudable interés, tanto en el entorno escolar como en el familiar. Sus efectos van más allá del ámbito artístico, aportando beneficios en todos los ámbitos del aprendizaje y contribuyendo a la formación integral del ser humano. Como dice de una manera algo más poética Íñigo Pirfano, fundador de la Orquesta Académica de Madrid, en su libro Ebrietas. El poder de la belleza: “La educación del gusto, inseparablemente unida a la formación del intelecto, es absolutamente primordial para saborear el mundo, para habitarlo con entusiasmo”.5


Artículo original publicado en el número 18 de la revista Signos por Miguel Ángel Carrasco Barea, en colaboración con Belén González García-Negrotto.

1 La educación sensorial en la escuela infantil. Eduardo Soler Fiérrez. Rialp, 1992.
2 Ebrietas: El poder de la belleza. Íñigo Pirfano Laguna. Encuentro, 2012.
3 “El gusto estético. La educación del (buen) gusto”. Petra Mª Pérez Alonso-Geta. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2008.
4 Educación por el Arte. Herbert Read , Paidos Iberica, 1982.
5 Ebrietas: El poder de la belleza. Íñigo Pirfano Laguna. Encuentro, 2012.

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