19/12/2017 Mar Simón Plaza

Educar en y para la sensibilidad social

Que nuestros hijos vean cómo nos damos, en tiempo y en recursos, a los demás, y que los involucremos a ellos en esa tarea, es una herencia de incalculable valor.

Solidaridad

Cuestión de corazón

Son días de luces, adornos, escaparates, compras… ¡muchas compras! Nuestra cuenta corriente baja a medida que aumenta el número de regalos que vamos guardando hasta el día de Reyes (a veces, del adelantado Papá Noel). En cada regalo ponemos mucha ilusión… sobre todo, nos emociona imaginar qué cara pondrán.  Buscamos en las tiendas hasta dar con el regalo perfecto. Vivimos con anticipación el momento, “copiamos” la imaginada emoción, que pasa a ser nuestra… Ponemos todo el corazón… porque queremos a “nuestra gente”.

Esta es la tesis que quiero exponer: tenemos un solo corazón. Puesto que con él podemos querer a los nuestros (a eso lo llamamos amor), somos -afirmo- capaces de querer a los que no son tan nuestros (a eso lo llamamos solidaridad). Con el corazón somos capaces de ponernos en la piel del que conocemos; y por eso podemos entender al que no conocemos… Tal vez, ser solidario se enraíza simplemente en ser sensible a las necesidades y problemas de aquellos que no son tan cercanos… como si lo fueran. Mirarlos con el cariño con que miramos a los nuestros; con los ojos del corazón. Por suerte, tenemos ese corazón capaz de amar de verdad.

Mirar sin ver

Dice el Papa Francisco que “la cultura del bienestar nos anestesia y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esas vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera”. Es posible que el principal problema para educar en la sensibilidad social sea esa anestesia, que nos causa “ceguera del corazón”: miramos sin ver. Asistimos a lo que ocurre a nuestro alrededor como espectadores y no percibimos que debamos hacer nada. Por consiguiente, no reaccionamos. En todo caso, actuamos solo cuando nos enfrentamos a imágenes de catástrofes, guerras o hambrunas (¡cuántas veces tan tremendas!). A través de ellas nos sentimos interpelados de forma desgarradora. Y entonces sí respondemos, con ese corazón que todos tenemos.

Por lo tanto, me planteo algunas preguntas: si hacen falta escenas dramáticas para ser sacudido y reaccionar… ¿dónde está el umbral de nuestra sensibilidad? Frente a esto, se me ocurre: ¿no será que tenemos dos sensibilidades, una para la gente querida y otra para el resto? Y, entonces, ¿podríamos despertar ésta última y ponerla al nivel de la primera? ¿No nos haría eso más humanos? Sobre todo, para empezar con el cambio, ¿podemos empeñarnos en enseñar a nuestros hijos a mirar con el corazón, para que al mirar, vean?

Mirar y ver

Por lo tanto, busca la forma de enseñar a tus hijos a mirar y ver. En primer lugar, debes enseñarles a ver en los demás a seres de infinita dignidad, iguales a ellos; con necesidades, sufrimientos, amores e ilusiones, los mismos que podrían tener ellos. Para seguir, intenta hacer de tus hijos personas de “piel fina” que detecten las necesidades y problemas de los demás. Además, invítales a pensar menos en ellos mismos y más en los demás; a empatizar, a ponerse en la piel del otro. Muéstrales, a la vez, que no podemos solucionarlo todo, pero que hacemos lo que está a nuestro alcance. Finalmente, y no por ello menos importante, enséñales que se ayuda a los demás no sólo dando la mano: también proporcionando las herramientas que les permitan superar su situación.

Ten en cuenta que esta forma de mirar a los demás se transmite, principalmente, en la familia. No se explica: se vive. Se aprende por ósmosis. El abuelo que necesita conversación, el bebé que demanda atención y cuidados, el hermano que necesita ayuda para hacer la tarea… El sentimiento que produce percibir la necesidad de un ser querido queda grabado en la memoria. Que nuestros hijos vean cómo nos damos, en tiempo y en recursos, a los demás, y que los involucremos a ellos en esa tarea, es una herencia de incalculable valor. Y estos son solo los primeros peldaños. Ayudar a la vecina cargada con la compra, al compañero que pasa un mal momento, al pobre pidiendo en la calle; colaborar en la recogida de alimentos, o donar en una catástrofe, o ser voluntario… no son más que escalones de la misma escalera, que sólo puede subirse con la sensibilidad hacia el otro bien despierta. Como conclusión, te repetiría: enseña a tus hijos a mirar y ver.

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