21/02/2017 Attendis

“Transmitir el placer de leer y pensar”

“¡Lee para vivir!” (G. Flaubert en carta a Louise Collet).

La novela Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, sugiere ideas muy interesantes que he tomado como punto de partida para este artículo que ahora comienza y que pretende ser la transmisión de un deseo que quiere hacerse  realidad: “Transmitir el placer de leer y pensar”.

Como seguramente conocerás, Bradbury cuenta en su novela la existencia de un mundo futuro en el que los seres humanos están obligados a ser felices. El Estado es el encargado de velar para que así sea. Con este fin, los libros han sido prohibidos. En opinión de sus mandatarios, la lectura obliga a pensar, y el pensamiento conduce inevitablemente a la infelicidad y la locura. Este Estado, siempre atento y vigilante, considera que los libros de imaginación son especialmente peligrosos: llenan el alma de los hombres y mujeres de insatisfacción y sufrimiento; y sólo producen seres marginales, gente inadaptada y desagradecida, incapaz de aceptar el mundo feliz que con tanto esfuerzo ellos les habían construído.

Una extraña brigada de bomberos es la encargada -paradójicamente- de quemar los libros; y quienes son encontrados con algún ejemplar en las manos son encerrados. Pero pronto se organiza un movimiento de resistencia al régimen dictatorial. Sus miembros se  mueven clandestinamente, «son miles, que van por los caminos, las vías férreas abandonadas, vagabundos por el exterior, bibliotecas por el interior». Cada uno de ellos tiene encomendado aprender de memoria una obra literaria -que recitan constantemente- con el fin de protegerla del fuego y rescatarla del olvido.

Allá lejos, en el bosque que se encuentra al otro lado del río, desde donde la ciudad aparece sólo como un débil resplandor, allí habitan los libros que hablan. Suena el viento y las ramas de los árboles empiezan a silbarnos al oído todas las historias que los hombres imaginaron. Historias tristes, que nos llenan de melancolía; historias divertidas y disparatadas, que alegran los corazones heridos; historias tiernas de final feliz, que endulzan las penas. Todas las historias que el viento olvidó enredadas entre las ramas.

Porque, al fin, has llegado, viajero, al Bosque de los Libros que Hablan.

Grandes pensadores y escritores nos han dejado afirmaciones que traslucen la esencia de ese placer que produce la lectura. En la primera frase de Sur la lecture, Marcel Proust dice: “Quizá no haya un día de nuestra infancia que hayamos vivido con tanta plenitud como aquellos que creemos haber dejado sin vivir, los que hemos pasado con un libro preferido”. Borges se imaginaba el paraíso “bajo la forma de una biblioteca”.

Inicio a la lectura

 

¿Es lo mismo formarse que informarse?

A la información se llega hoy fácilmente. Al menos, a eso que llamamos “información”. Una información, generalmente manipulada, que con frecuencia nos abruma y hasta martiriza. Sin embargo, ¿cómo llegamos a la sabiduría? Para eso, entre otras cosas, están los libros. Además, leer, y leer bien, es uno de los más grandes placeres que puede darnos la soledad. El más saludable desde el punto de vista espiritual.

Leemos porque nos es imposible conocer a toda la gente a la que desearíamos poder escuchar. El deseo de leer consiste en preferir. Amar, a fin de cuentas, es regalar nuestras preferencias a quienes preferimos y estos sutiles repartos pueblan nuestra libertad.

He dicho que la lectura es un placer profundo y solitario, pero también nos permite conocer “al otro” y conocernos a nosotros mismos. Al fin y al cabo, como dejó escrito Emerson, los libros “nos llevan a la convicción de que la naturaleza que los escribió es la misma que aquélla que los lee”. En el libro vamos a sentirnos próximos a nosotros mismos.

Cómo podremos transmitir a los más jóvenes este placer por leer y pensar, cómo podríamos llegar a conseguir, y hacerlo extensivo a los que no llegan todavía a ser amantes de la lectura, lo que en su día escribió Franz Kafka, hace ya más de un siglo: “Jamás le haremos entender a un muchacho, que por la noche está metido en una historia cautivadora, que debe interrumpir su lectura y acostarse”.

El poeta francés Georges Perros era profesor de literatura en Rennes y leía a sus alumnos. Una de ellos, una muchacha, recordaba aquellas lecturas con añoranza: “Él  llegaba al instituto los martes por la mañana, desgreñado por el viento y por el frío, en su moto azul y oxidada. Encorvado, con un chaquetón de marinero, la pipa en la mano. Vaciaba una bolsa de libros sobre la mesa, se ponía a leer y era la vida.

No había más luminosa explicación del texto que el sonido de su voz. Nos hablaba de todo, nos leía todo. Todo estaba allí pletórico de vida. Perros resucitaba a los autores, que acudían a nuestra clase completamente vivos, como si salieran de Chez Michou, el café de enfrente”.

No hay nada milagroso en esta narración, el mérito del profesor es prácticamente nulo en esta historia. El placer de leer estaba allí y él se lo descubrió a sus alumnos.

Por todo esto consideramos que es distinto disfrutar con un buen libro que verdaderamente nos forma que la mera información que, en ocasiones, puede proporcionarnos los medios de comunicación.

Tiempo para leer ¿cuándo?

Leer, leer, pero ¿de dónde sacar tiempo para leer? Como decía  Gustave Thibon en su libro Entre el amor y la muerte: “El tiempo para leer, como el tiempo para amar, siempre es tiempo robado. ¿Robado a qué? Robado al deber de vivir, pero, dichosamente, el tiempo para leer, igual que el tiempo para amar, dilata el tiempo de vivir. La lectura no depende de la organización del tiempo social, es, al igual que el amor, una manera de ser”.

Es cuestión de prioridades y de buscar ese tiempo que, aunque sea poco, será el tiempo de ese día. Fomentar esa actividad, la lectura, en los tiempos de descanso. Tener siempre un libro comenzado, un libro en el escritorio, en la mesilla,… Siempre un libro “entre manos”. Siempre se encuentra tiempo para hacer lo que nos gusta y, aunque sea poco será el tiempo mejor disfrutado.

La reina Victoria llevaba trece años reinando cuando nació Stevenson, que murió siete años antes que ella. La reina Victoria reinó sobre su imperio sesenta y cuatro años y dentro de dos siglos pocos sabrán quién fue y, sin embargo, la mayor parte de nuestros tataranietos seguirán navegando en la Hispaniola hacia “La isla del tesoro”.

Nos acercamos a Shakespeare, a Cervantes o a Galdós porque la vida a la que nos trasladan es de un tamaño mayor del natural. En verdad, su escritura es una bendición en un sentido estricto: “la vida plena en un tiempo sin límites”.

Leer es un goce, aunque resulte, a veces, un placer difícil de conseguir. Pero esa dificultad placentera llega, y no en pocas ocasiones, a lo sublime. Además, otorga una versión de lo sublime para cada lector, ese libro que leemos es distinto para cada uno, nos sugiere cuestiones distintas a cada lector.

La literatura pretende un objetivo que parece inalcanzable: trasladar al lector la emoción de la vida en toda su complejidad. El milagro reside en la capacidad del escritor para conseguirlo. Un milagro que, por suerte, se repite con alguna frecuencia. Un milagro estético, que no depende de la ideología, de la metafísica o la filosofía del autor, sino de su talento.

Su memoria, la del creador, es, también, nuestra memoria. Una buena novela, una obra de teatro o un poema están contagiados de todos los trastornos de la Humanidad, incluido el miedo a la muerte, que el arte pretende transmutar en una ilusión, la de ser inmortal a través de la propia obra.

Lo propio de los grandes creadores, de los grandes escritores, es provocar a través de los siglos esas imprevisibles reacciones en cadena, esa fecundidad inagotable, esa semilla que no deja de dar sus frutos a lo largo de los siglos.

Si hablamos de buenas novelas no podemos, sería un grave error, no mencionar El Quijote, la primera novela y, para muchos, la mejor. Un libro placentero en el que pasa todo lo que puede pasar. Sancho y Don Quijote son un dúo unidos por el afecto y las riñas, pero existe entre ellos algo más que cariño y respeto mutuos. Son compañeros de una historia… inmortal.

Destaca por encima de todo las relaciones entre el caballero y Sancho Panza. Se escuchan y el escuchar los cambia. Hamlet se escucha tan sólo a sí mismo o también  la quijotesca Emma Bovary, que muere de tanto escucharse a sí misma. Estas grandes obras provocan en el lector lo mejor que se le puede dar a los hombres, revelarles a ellos mismos.

Leer de todo o seleccionar lo mejor

La lectura amplia la experiencia interior aunque no la suple. Esta experiencia se desarrolla con los libros que leemos pero no se trata de número sino de calidad de esas lecturas.

Una frase de Goethe a Eckermann traduce esta idea: “¡Si hubiera comprendido bien lo que se ha escrito antes de mí, me hubiera guardado mucho de añadir algo!”.

Vivimos hoy en un mundo de inflación de la palabra. Hay demasiados libros y, paradójicamente, demasiados buenos libros, una infinidad de publicaciones, libros, periódicos, revistas, etc.

Pero también hay cosas excelentes que nos gustaría tener tiempo para releer, para meditar y que, tal vez, mañana caerán en el olvido. Algunos piensan que sólo con algunos libros se iría a lo esencial, a condición de profundizar en ellos en lugar de “correr” y leer por leer.

Un buen libro, una buena obra,  puede aportar “silencio y misterio” porque todo buen escritor es una traducción del silencio y toda palabra es válida según la cantidad de silencio que contiene, que evoca y puede provocar. Parece que Sócrates decía, al leer los primeros diálogos de Platón: “Cuántas cosas me hace decir este joven, en las que nunca pensé”.

Debemos tomarnos en serio una buena selección de lecturas, tenemos poco tiempo pero debe transformarse en tiempo de calidad y bien orientado hacia obras que nos hagan pensar mucho más allá de lo que el autor ha escrito, provocar el pensamiento, fecundarlo.

Algunas personas, que ya hablan de  “biblioterapia”, afirman que la lectura es un encuentro con uno mismo y que reporta enormes beneficios, no sólo culturales.

Recuerdo una historia simpática que leí y que avala esta idea de selección y no  “devorar libros” en nuestro buen afán de saciar nuestra hambre de cultura:

“Mi hijo aprendió a comer brócoli con “El Increíble niño come libros” de Oliver Jeffers, este libro narra la historia de Enrique, un niño que devoraba libros. Conforme comía más, se  volvía más inteligente, hasta que un día su estómago y su cerebro ya no lo resistían…descubre entonces que lo mejor es leerlo y es que comer libros es una práctica no poco frecuente con que nos encontramos cada cierto tiempo… Se decía así mismo: “Me apetece comer y masticar uno que en la red me recomiendan. Mi forma de devorar, al principio, era tosca, descentrada,- me daba igual emprenderla a mordiscos con Faulkner que con Flaubert -, pero pronto empecé a percibir sutiles diferencias”.

Oliver Jeffers nos plantea de una manera simpática un tema importante, no se trata de leer por leer, se trata de aprovechar el poco tiempo que tenemos haciendo una buena selección de lecturas, no se trata de cantidad y si de calidad.

Sus claros beneficios

Tras señalar lo anterior queda claro que los frentes que hay que superar para desarrollar el placer de leer son muchos y no fáciles.

Algunas personas al hablar sobre la lectura suelen relacionarla únicamente a alguna actividad académica o meramente como un medio para mantenerse informados. Posiblemente sea porque desconocen las grandes ventajas que el hábito de la lectura trae consigo y que su práctica beneficia a quien la ejerce tanto en el campo cultural como en el social e intelectual.

Es evidente que la lectura mejora el uso del lenguaje y la escritura; desarrolla, como ninguna otra actividad, la imaginación y la creatividad, además de ser la fuente de cultura que aumenta la capacidad de memoria y de concentración; es un ejercicio de reflexión en sí misma.

Diferentes especialistas han concluido que el hombre amante de la lectura desarrollará su cerebro de tal forma que podrá llegar, fácilmente, sobre los 90 años completamente lúcidos, con una memoria y un perfecto trabajo mental e intelectual. Hay incontables casos de hombres y mujeres de edad avanzada que impresionan con sus pensamientos, atribuibles en gran medida, a que siempre fueron amantes de la lectura.

Quien quiere superarse personal y profesionalmente debe hacer de la lectura constante su mejor aliado. Proporciona a quien la practica un crecimiento personal inigualable.

El buen lector se convierte, en parte, en co-creador de la obra ya que como escribió J. Conrad: “El autor sólo escribe la mitad de un libro. De la otra mitad debe ocuparse el lector”.

Saber leer es importante pero tener el hábito lector es un privilegio fruto del esfuerzo constante. El buen lector no nace, se hace.

Cómo fomentar hoy la lectura en nuestros hijos

En las últimas décadas se ha transformado sustancialmente el consumo cultural de occidente. Aunque parece ser que los jóvenes leen más que antes (Boudelot, 1999), la lectura se ha convertido en un acto cultural que debe coexistir perfectamente con otras ofertas culturales como los entornos informáticos, la imagen o la música.

Además, se ha producido un cambio en lo que respecta a la excelencia escolar que parece ser la causa de la disociación entre la práctica de la lectura y el éxito escolar. Así, entre la Educación Primaria y Secundaria se produce un receso en el índice de lectura, a la vez que se observa un cambio de orientación hacia lecturas más específicas y relacionadas con el rendimiento académico.

Paralelamente se puede observar que mientras la relación con el libro se distancia, conquistan terreno otras experiencias, como la que ofrece la televisión, que se dispara hasta cerca de las cuatro horas de media diaria; esto representa una jornada completa de 24 horas a la semana dedicada a ver la programación televisiva, o lo que es lo mismo, un mes completo al año dedicado a esta actividad.

Por otra parte, según el Estudio General de Medios (EGM) de 2007, el consumo de libros impresos se ve amenazado por el consumo de productos multimedia y por el rápido incremento de accesos a Internet, que se calcula en un 46% con respecto al año anterior, con un tiempo medio de conexión que oscila entre media hora y dos horas.

Además, el lugar de consumo preferente de los medios tradicionales, incluidas las proyecciones cinematográficas, es el hogar, que se ha constituido en el territorio mediático por excelencia, y punto prioritario de conexión a la red, desde donde accede el 75% de navegantes españoles, frente al 45% que lo hace desde su lugar de trabajo y el 25% que se conecta desde el centro donde cursa sus estudios.

Parece evidente que la lectura tiene que fomentarse a nivel personal buscando su espacio y con nuestros hijos desde la infancia, para que pueda coexistir perfectamente con las otras ofertas culturales de nuestro siglo.

El gusto por la lectura no se improvisa

Todos sabemos que los hijos son un fiel reflejo de los padres, ellos harán lo que nos ven hacer en casa y, de padres lectores, saldrán- generalmente- niños lectores.

Pero hay cuestiones fundamentales que no debemos dejar a la improvisación, las cuestiones importantes de la vida salen adelante con esfuerzo e intencionalidad y, la lectura de nuestros hijos, es una de ellas y desde su más tierna infancia.

El fomentar la lectura en nuestros hijos nos evitará muchos problemas académicos posteriores. Los malos estudiantes suelen tener en su origen problemas en el campo de la lectura, no han aprendido a leer bien lo que generará problemas de comprensión y llegará el momento en esto  pasará factura. Miguel de Cervantes afirmaba:”El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho”.

¿Pero cuándo iniciar el hábito lector en nuestros hijos? Es conocido que durante los seis primeros años de vida los niños construyen los cimientos para ser lectores competentes, por lo que los especialistas recomiendan que los bebés tengan contacto con los libros desde bien pronto.

La Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (AEPap) ha recordado que promocionar el hábito de la lectura desde edades tempranas influye no sólo en la capacidad lectora sino en el desarrollo integral del niño o niña.

Ya desde que nacen, el contacto con los libros promueve la denominada “lectura emergente”, en varias fases.

  • Antes de los 2 años la lectura emergente significa la toma de contacto con el texto impreso, comenzando por diferenciar dibujos y objetos de las grafías, conocer que ambos se relacionan entre sí, y más adelante empezar a conocer la estructura de las historias narradas, que contienen principio, desarrollo y final.
  • A nivel cognitivo-emocional, la lectura emergente significa acercarse a otras realidades y, aunque muy ligada a los sentidos (estadio sensorio-motor), es transmisora de emociones (a través de las voces, el tono…). La lectura emergente es también acercarse y familiarizarse con un nuevo objeto lúdico que es el libro, para el cual se puede dedicar un momento mágico del día.
  • A partir de los 2 años, el niño deja de ser prelingüístico, por lo que esta lectura emergente se dirige ahora hacia el progreso del lenguaje y al enriquecimiento de su vocabulario. Con ello se va formando los cimientos para el posterior desarrollo de la lectura.
  • Cuando el niño inicie el aprendizaje de los grafemas empezará, a su vez, la interpretación de que esos pequeños trazados son las letras. A partir de este momento se abre un camino de infinitas posibilidades para el desarrollo de la persona.
  • Incluso la lectura pasará a convertirse en un acto individual, privado, en el que el niño o niña disfruten de los mundos mágicos de las lecturas y sigan desarrollándose como personas a partir de los libros y por ellos mismos.

En todo este proceso recordemos que es esencial el ejemplo, el leer delante de los pequeños y crear hábitos y momentos familiares en torno a un texto escrito, que pueden ser desde cuentos, a recetas de cocina, catálogos de juguetes, periódicos… Se trata, al fin y al cabo, de familiarizarlos con el papel escrito.

Y cuando los niños ya son un poco más mayores ¿qué podemos seguir haciendo? Te aportamos los famosos “10 consejos prácticos” que en artículos como estos resultan tan útiles o que, por lo menos, pueden darnos alguna idea para motivar a la lectura además de que nuestros hijos nos vean leer, disfrutando de la lectura de un buen libro, esa es la mejor imagen que, seguro, “creará escuela”. Como verá el lector no son 10… son “sólo” 24 consejos estructurados por cursos:

Para el primer año de Primaria:

  1. No esperes que su hijo pequeño se quede sentado y quieto con un libro: Los niños en edad de caminar necesitan MOVERSE, y no debe preocuparse si teatralizan los cuentos o sencillamente brincan, juguetean o se revuelcan mientras usted les lee. Si bien están en movimiento, están escuchando.
  1. Haga rimas, cante canciones y cometa errores!: Haga una pausa para que su hijo pequeño complete una frase o recite un estribillo. Cuando el niño conozca la rima o el patrón, cometa errores a propósito para que el niño lo descubra.
  1. Escoja libros entretenidos: Los libros con animales o máquinas invitan al movimiento y a hacer sonidos. Los libros troquelados o con distintas texturas para tocar mantienen las manos ocupadas. Los libros con ilustraciones detalladas o elementos recurrentes ocultos en los dibujos son excelentes para investigar y debatir.
  1. Haga de la lectura una actividad breve, sencilla y frecuente: Léale a su hijo con expresión y humor. Use diferentes voces al leer. ¡Hágalo más divertido!
  1. Proponga juegos que incluyan nombrar cosas, describir y comunicar: Arme un zoológico con todos los animales de peluche. Proponga una carrera con los autos de juguete. Deje que su hijo dirija el juego y haga muchas preguntas.
  1. Todos los días son una aventura para los niños pequeños: Escoja libros sobre sentimientos y experiencias cotidianas. Su hijo identificará con los personajes cuando se visten, comen, van de visita y juegan.
  1. Haga preguntas: Tómese tiempo para escuchar las respuestas de su hijo. Los niños pequeños tienen opiniones firmes e ideas interesantes acerca del mundo. Incentive a su hijo para que le cuente sus ideas. Así, lo ayudará a desarrollar destrezas lingüísticas y, al mismo tiempo, descubrirá qué motiva a su hijo.
  1. Juegue con sus preferencias: Lea sus cuentos preferidos una y otra vez. Busque libros sobre las cosas que más le gustan a su hijo: trenes, animales, la luna. Estos libros pueden ampliar la capacidad de atención de su hijo y fomentar el entusiasmo por la lectura.
  1. ¿No se divierte?: Pruebe con otro cuento o en otro momento del día. Leer con un niño muy pequeño se trata principalmente de construir experiencias positivas con los libros, no de terminar cada libro que empiezan a leer.

Para el segundo año de Primaria:

  1. Cuéntele historias de la familia: A los niños les encanta escuchar historias de sus familias. Cuéntele anécdotas divertidas que le hayan sucedido cuando usted era joven.
  2. Haga una caja especial para la escritura: Llene una caja de material para escribir y dibujar. Encuentre los momentos para que su hijo Escriba por ejemplo listas para el supermercado.
  3. Sea el admirador n. 1 de su hijo: Pídale a su hijo que lea en voz alta lo que ha escrito en el colegio. Sea un oyente entusiasta.
  4. Una vez más, pero con sentimiento: Cuando su hijo lea una palabra desconocida pídale que lea el enunciado nuevamente. Muchas veces los niños están tan ocupados tratando de entender las palabras que pierden el significado de lo que están leyendo.
  5. Hagan un libro juntos: Doble hojas de papel a la mitad sujetándolas con grapas para hacer un libro. Pídale que escriba enunciados en cada página y que haga sus propias ilustraciones.
  6. Invente cuentos en el camino: Tome turnos añadiéndole cosas a un cuento inventado por ustedes mientras van en el auto o el autobús. Trate de hacer que los cuentos sean divertidos.
  7. Señale la relación entre palabras: explíquele como las palabras que están relacionadas se escriben de manera similar y significan cosas parecidas. Por ejemplo, muéstrele cómo una palabra como conocimiento se relaciona con conocer.
  8. Rápido, rápido: Use las nuevas palabras que su hijo vaya aprendiendo en tarjetas o en ejercicios de ordenador. Muchas veces esto ayuda a que los niños automáticamente reconozcan y lean palabras, en especial aquellas que usan frecuentemente.

 Para niños del tercer año de Primaria:

  1.  Haga de los libros algo especial: Convierta a la lectura en algo especial. Lleve a sus hijos a la biblioteca, ayúdelos a que obtengan su propia credencial, lea con ellos y regáleles libros. Escoja un lugar favorito para poner los libros en su casa, o mejor aún, ponga libros por todos lados.
  2. Consiga que lea otro libro: Encuentre la manera de que sus hijos lean otro libro. Introdúzcalo en series o colecciones de libros que puedan “engancharlos”.
  3. Consulte un diccionario: Permita que sus hijos lo vean consultar el diccionario. Diga, “Hmm, no estoy muy seguro de lo que quiere decir esta palabra…creo que la buscaré en el diccionario.”
  4. Hable acerca de lo que ve y hace: Hable de actividades cotidianas para mejorar el conocimiento contextual de su hijo o hija, lo cual es crucial para comprender lo que se lee y se escucha. Por ejemplo, mantenga una conversación ávida mientras cocinan juntos, visitan algún lugar nuevo o ven un programa en la televisión.
  5. Las primeras veces son difíciles: Motive a sus hijos cuando escriban. Recuérdele que el escribir consiste de varios pasos. Nadie lo hace bien a la primera.
  6. Diferentes estilos para diferentes personas: Lea diferentes tipos de libros para exponer a su hijo a diferentes estilos de escritura. Algunos niños, en especial los varones, prefieren los libros que no son de ficción.
  7. Enseñe a su hijo “trucos mentales”: Muéstrele cómo resumir una historia en tan solo unos enunciados o cómo predecir lo que va a pasar. Ambas estrategias pueden ayudar al niño  o niña a comprender y recordar lo que lee.
  8. Crear un ambiente propicio a la lectura en el hogar: No encender la televisión o mandarle hacer un recado mientras el niño está leyendo, para manifestarle así la importancia que la lectura tiene en su desarrollo.

El que lee abre ventanas a la vida

Después de estos pensamientos, después de ver los beneficios de la lectura, de aportar algunas ideas a los padres que quieren motivar desde la infancia a la lectura… es importante insistir en que crear ese hábito lector es como un contagio, el deseo de leer sólo se puede lograr por contacto, imitación o seducción. Se trata de buscar una manera de interesar al lector, despertar su curiosidad. El verbo leer no soporta el imperativo.

Muchas veces queremos dar a la lectura una finalidad, una función y olvidamos que la tiene por sí misma. A veces hay que leer por el mero hecho de leer. No hay que olvidar que la literatura debe tener un punto de inutilidad, como todas las cosas bellas. No siempre hay que buscarle una función a las cosas y la lectura es una de ellas. Esto, los niños o los jóvenes aún no lo perciben, pero lo harán. Hay que inculcarles primero el hábito, la costumbre y luego el placer de disfrutar de la lectura.

El que lee abre ventanas a la vida y entra en diálogo con personajes de la historia, reales o no, de todos los tiempos, gana en conocimientos y desarrolla inquietudes que la vida de la literatura le ofrece.

La lectura de un buen libro es un diálogo incesante en que el libro habla y el alma contesta por eso vale la pena transmitir y vivir el placer de leer y pensar, hoy más que nunca.


Artículo original publicado en el número 13 de la revista Signos por Helena Vales-Villamarín Navarro.

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