El verano de su vida

Experiencias para brindar a nuestros hijos durante las vacaciones

Quién no recuerda los veranos de su infancia, en el pueblo, con los abuelos, con los primos, en aquella casa de campo. O los días de playa, las partidas en la sobremesa, el helado de la noche, aquel paseo en bici, la colección de  cromos, el cine de verano con bocata en mano. Sin darnos cuenta, vamos conformando el recuerdo y la historia familiar, a través de pequeñas vivencias. Preocupémonos de brindar a nuestros hijos experiencias que irán conformando el recuerdo de su niñez. Actividades, a simple vista, muy sencillas, pero que seguro, nunca olvidarán.

Te mostramos 10 experiencias que tus hijos no se pueden perder este verano.  Y al alcance de todos. Toma nota:

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El verano: la mejor oportunidad para crecer como familia

Aunque a muchos le parezca que el verano es un tiempo descontrolado, sin horarios y con el caos como norma general, las vacaciones pueden ser un tiempo maravilloso para estar con los nuestros. No solo se trata de compartir los días de playa, un viaje… Se puede crecer en familia en la playa o no. Se puede crecer en familia en un viaje a Bali. O no.  Se puede crecer en el pueblo. O no.  El lugar es lo de menos. Lo de más es crear espacios de tiempo compartidos y pensar como padres qué necesitan nuestros hijos y nuestra pareja para mejorar, para ser feliz.

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Identificar las Altas Capacidades

En la sociedad de hoy tenemos claro que ser inteligente es una suerte, un don que nos han dado, y es por ello que hay que estar orgulloso. Pero a veces, esa inteligencia se vuelve en contra de algunos aspectos naturales y sociales de nuestra vida. Los Superdotados son personas, que a pesar de su inteligencia, suelen presentar  grandes carencias, es por ello que los escolares con Altas Capacidades Intelectuales para la ley educativa, son alumnos y alumnas con necesidades específicas de apoyo educativo por presentar altas capacidades intelectuales, como lo recoge la Ley Orgánica de Mejora de la Calidad de la Educación (8/2013) en los apartados 1 y 2 del artículo 71 a nivel estatal.

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Qué puede hacer la familia por el éxito académico de los hijos

Son numerosos los estudios que afirman que la comunicación frecuente entre la familia y el  centro educativo, sentirse parte del colegio y mostrar interés por la formación de los hijos resultan determinantes en sus resultados. Además, la comunicación, la organización y la unidad familiar son base para el desarrollo afectivo y académico.

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Saber ganar, saber perder

El deporte lo practican humanos. Fracasan y triunfan seres humanos. Se superan o se hunden personas. Y, si es cierto que el deporte nos hace mejores, también es verdad que algunas actitudes de algunos deportistas nos llevan a reflexionar sobre la necesidad de advertir a nuestros hijos de las consecuencias del éxito y del valor del fracaso.

Un tema por el que últimamente me encuentro bastante interesado son las bondades y beneficios de la educación física y el deporte general en niñas y niños. Esos escolares viven influenciados por deportistas de élite y no son pocos los padres y madres que también intentan que sus hijos sean estrellas deportivas. Sin lugar a dudas, les mueve la mejor de las intenciones. No se me ocurre mejor deseo para un hijo que ser un gran deportista. Y tampoco se me ocurre peor método que el de la obsesión de algunos -pocos- padres que causan un daño irreversible a sus hijos cuando les ponen unos objetivos tan ambiciosos como frívolos.

No hace mucho leí un tweet en el que, tras la herida en la cara de un conocido deportista que juega en un equipo de nuestro país, se decía “Ronaldo estará de baja dos semanas en Instagram”. Importaba más la imagen del deportista que su rendimiento en el campo. Y es el ejemplo de lo que quiero contaros.

Valores de la educación física

Los valores intrínsecos a la educación física son siempre positivos. Forman parte de esos “lugares comunes” en los que todos estamos de acuerdo. El bien es siempre difusivo. Y en el deporte se trasmite una verdad, un esfuerzo, una capacidad de sacrificio, un instinto de superación… que es tan atrayente como cualquier virtud o valor. En el deporte hay algo bueno y bello. Y nadie lo puede esconder.

El deporte lo practican humanos. Fracasan y triunfan seres humanos. Se superan o se hunden personas. Y, si es cierto que el deporte nos hace mejores, también es verdad que algunas actitudes de algunos deportistas nos llevan a reflexionar sobre la necesidad de advertir a nuestros hijos de las consecuencias del éxito y del valor del fracaso. De la importancia de descubrir la satisfacción de una correcta educación física y el riesgo de confundir fines con medios: qué buscamos para ellos en la práctica deportiva, qué riesgos se asumen y qué expectativas creamos.

Estamos influenciados

Todos estamos influenciados. Nadie puede esconderse de la enorme nube que nos rodea y nos envuelve.  Se nos bombardea con estímulos atractivos. Es difícil ignorarlos por completo. La evidencia nos muestra que el hedonismo se cuela por los entresijos de nuestras vidas y, al final, no podemos obviar que nuestros hijos están expuestos a esos mismos peligros. Esa influencia no es necesariamente mala. Me gusta decir siempre que es un reto. Un horizonte se abre ante nosotros que puede llenarse de luz si estamos dispuestos a asumir nuestra responsabilidad como educadores. Esa influencia tan incisiva no puede hacernos olvidar que tenemos una capacidad enorme de ser libres.  Y enseñar a nuestros hijos la decisiva importancia de ser libres. Saber ser libres. Que no es poca ciencia. Capaces de asumir todos los retos de una sociedad.

Su mejor ejemplo

En mi juventud, durante los años 80 y 90, existían esos deportistas que idealizábamos y que, en muchas ocasiones, eran ejemplos de trabajo, esfuerzo y lucha constante. Esa influencia fue decisiva para adoptar determinadas actitudes para la práctica deportiva. Ahora estos ídolos deportivos no pueden ponerse de ejemplo para un estilo de vida. Debemos concebir la educación a 360º. Y ahí, nuestras hijas e hijos siguen las cuentas personales de celebrities, accediendo a aspectos íntimos de sus vidas… los estamos exponiendo a un abismo.  No están en esas redes sociales el futuro que esperamos para quienes tanto queremos. Y somos conscientes de lo difícil que es hacerles diferenciar la felicidad de los espejismos. Pero una vez más tenemos la herramienta de la libertad. Si la entendemos como “hacer lo que tengo que hacer porque me da la gana” y la importancia de saber que todas nuestras acciones tienen una repercusión. De poco servirá explicar a nuestros hijos cómo deben limitar el uso de redes sociales si nosotros no somos capaces de controlarnos. El mejor predicador sigue siendo fray ejemplo. Y ese reto sí podemos asumirlo aunque no veamos los resultados inmediatamente.

Expectativas – realidad = Felicidad

Hemos de ser conscientes del mundo en que vivimos. Un mundo en constante movimiento. Un mundo donde manda el imperio de lo urgente sobre lo importante. Vivimos en un mundo que ha evolucionado tendiendo hacia la dictadura del “yo”. Toda realidad gira en torno al propio sujeto. Esa situación se llama egoísmo y se nos trasmite por ósmosis.  Y es ese egoísmo el que nos hace proyectar nuestras expectativas, anhelos e ilusiones sobre nuestros hijos. Podemos mirar con sinceridad nuestras intenciones y ver qué parte de deseo se reparte entre nosotros mismos y qué parte del posible éxito corresponde a nuestros hijos. No me refiero al orgullo bueno de verles triunfar y de saber que nuestro esfuerzo ha valido la pena. Eso es legítimo. Lo que me parece menos educador es poner ahí el fin. No. No nos engañemos. El fin está en su felicidad, no en su éxito. En esta vida sólo triunfa el amor. El resto son pompas de jabón cada día más caras. Queremos que lleguen a ser lo que nosotros no hemos sido, respondiendo a eso que nuestra “cosificada” sociedad nos hace entender como triunfadores. Ellos no merecen ser depositarios de nuestras frustraciones y sí saberse queridos siempre y en todas las circunstancias.

Como resultado tenemos a padres frustrados, hijos frustrados y familias frustradas porque no han conseguido llegar a los estándares que el mundo que nos rodea estima convenientes. Han perdido su libertad interior y las han entregado a unos estándares que nadie sabe quién controla. Llegados a este punto no debe cundir el pánico. Debes recordar la sencilla formula que te indico y que hará que tu hija/o sea una niña/o feliz:

e – r = F

Expectativas (que los padres ponemos sobre ellos) menos asunción de la Realidad es igual a la Felicidad de tus hijos. Así de simple.

Educar con el corazón

Para llevar a cabo esta fórmula te recomiendo que no les trasmitas superficialidad. Olvidemos el “postureo” que se cuela en nuestras vidas y nos hace echarle una foto al steak tartar que nos acabamos de pedir en cuanto lo sirven en la mesa. Disfrutemos de una comida en familia. Demos valor a las cosas por lo que nos aportan y no por la percepción de los demás. De lo contrario, tus hijos entenderán que es más importante esa foto en Instagram que comer con ellos un domingo. Y hablar cara a cara. De corazón a corazón.

En conclusión, debemos mantener la lucha por el sentido común que, como bien han dicho ilustres escritores a lo largo de los siglos, suele ser el menos común de los sentidos, para ayudar a nuestras hijas e hijos a ser protagonistas de su propia historia. Que forjen su propio destino transmitiéndoles que han de ser fuertes para obtener la capacidad de pensar y decidir por ellos mismos, dándose cuenta de que solo así serán libres. Esa libertad sin la cual es imposible amar. Tampoco al deporte.

Lo que funciona y lo que no funciona para ganarte el respeto de tus hijos

Hoy por hoy existen dos temas del que todo el mundo se presta a opinar teniendo más o menos conocimiento: la medicina y la educación. Normalmente se alude a la experiencia personal vivida, pero sobre todo en el caso de la educación, se puede dar un paso más para poder prevenir consecuencias no queridas y alcanzar los fines que buscamos.

Lo que está claro es que todos los padres queremos que nuestros hijos sean felices, pero no basta con quererlo, sino saber hacerlo bien. La educación es  siempre intencional y sabemos que los hijos nacen educables, pero no educados. Además, ya se da por supuesto que contamos con poco tiempo y solemos estar cansados, pero es necesaria una mínima cantidad de tiempo para empezar a hablar de calidad del mismo. Debemos plantearnos si estamos dispuestos a tener, sin quererlo,  “hijos huérfanos de padres vivos” que se eduquen por otros de forma irremediable.

Retrato robot

Llegados a este punto, podemos preguntarnos: ¿Qué perfil tiene un padre que ejerce como tal  y que consigue ganarse el respeto de sus hijos? Suelen ser padres que se autoexigen; que se esfuerzan por mejorar y no tienen reparo en reconocer sus propios errores; padres que caen, pero vuelven a levantarse con más fuerza. Son aquellos que hacen sentir a su hijo exigido pero a su vez, muy querido porque se lo ha dicho una y otra vez y se lo ha demostrado explícitamente. Padres que confían en sus hijos, aunque sufran con un lógico miedo latente.

En el caso de que les preguntásemos a nuestros hijos, la descripción sería más clara aún y práctica. Desde su perspectiva, se sienten orgullosos y consideran padres atrayentes aquellos que están presentes cuando se les necesita; que tienen sentido del humor. Padres que  trabajan con profesionalidad pero que saben divertirse y disfrutar; que saben perdonar y no les supone especial esfuerzo el pedir perdón cuando se equivocan.  De igual modo, pierden la credibilidad aquellos que habitualmente no hacen lo que dicen. Ya sabemos que la palabra convence pero que el ejemplo arrastra. Esta definición  de coherencia es más rotunda aún cuando se trata nuestros hijos, pues siempre nos tienen como modelo de referencia aunque ni ellos mismos sean conscientes.

Respeto y autoridad

Para conseguir todo esto, no existe una fórmula mágica aunque sí unas directrices básicas. Una de ellas es saber que el respeto y la autoridad no se imponen; se ganan a pulso. Olvidémonos de tanto sermonear. Menos hablar y más escuchar de forma empática. A veces no buscan soluciones a sus problemas, solo sentirse escuchados y, de este modo,  comprendidos y queridos. Si cumplimos esto, podremos exigirles hasta la saciedad porque saben que es por su bien, aunque les cueste reconocerlo desde su inmadurez.

Por supuesto que hay que corregir y reconducir. Ellos esperan esos límites que les aporta seguridad y estabilidad emocional. Tenemos que ser sus padres y no obsesionarnos en ser sus amigos, ya que amigos tienen muchos y  padres solo unos. Padres cercanos, eso sí; que sufren y disfrutan con ellos y por ellos; que les tratan no como son en la actualidad, sino como quieren que lleguen a serlo.

Lo contrario a esto, sería criar (no digo educar) a unos futuros hijos analfabetos emocionales o afectivamente anestesiados que serán incapaces de ser agradecidos o de ponerse en lugar del otro. Cuanta responsabilidad la nuestra…

En conclusión, educar es una tarea difícil pero apasionante. Tengamos horizontes amplios y eduquemos a largo plazo su afectividad, inteligencia y voluntad, lo cual será  invertir, sin duda, en su felicidad, algo que todos queremos.

El profe me tiene manía

Abordamos aquí uno de los clásicos de educación: la archiconocida expresión de que “el profe me tiene manía”. Sin duda a la altura de otras míticas sentencias como “eso no entra en el examen”, “hoy no tengo nada que estudiar” o “este examen no cuenta para la evaluación”.

mania profesor

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EDUCACION DEL FUTURO

Actualmente, los colegios de Attendis cuentan con unos 12.000 alumnos y su equipo de profesores está formado por más de 700 profesionales.