EL HIJO DESTRONADO

La llegada de un hermano es un acontecimiento muy emocionante para toda la familia. Pero es un cambio que implica adaptación y no solo por parte de los padres, sino también por parte del hermano mayor. Será el que más afectado resulte porque es normal que perciba al nuevo miembro de la familia como un rival contra quien hay que luchar.

Por Sonia Galán, docente de Infantil del colegio Adharaz-Altasierra (Sevilla).

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Padres primerizos: 8 tips para no caer en la tentación

Nueve meses de preparación física y mental. Y llega a nuestras vidas un pequeño ser, el más valioso de los regalos que nadie nos pudiera ofrecer: Tu hijo. Tu primer hijo. No estamos preparados. Ni sabemos cómo actuar. Todos nos dicen cómo tenemos que hacer. Que si llora, esto. Que si no duerme lo otro. Cada familia aprenderá a su manera. Pero la experiencia de otros puede ayudarnos en no caer en las mismas primeras veces que los demás.

Ocho tips muy básicos para sobrevivir como padres primerizos:

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Qué puede hacer la familia por el éxito académico de los hijos

Son numerosos los estudios que afirman que la comunicación frecuente entre la familia y el  centro educativo, sentirse parte del colegio y mostrar interés por la formación de los hijos resultan determinantes en sus resultados. Además, la comunicación, la organización y la unidad familiar son base para el desarrollo afectivo y académico.

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Disfrutar del arte

Contagiar a los hijos el gusto para disfrutar del arte requiere de tiempo para ir a los lugares en los que se encuentran las obras de arte. Gracias a la tecnología, podemos acercarnos a estas obras de arte y contemplarlas desde casa.

En primer lugar me gustaría que nos centrásemos en una película: El indomable Will Hunting. En una escena, Robin Williams está hablando en un parque con el joven Matt Damon. Este joven sabe de todo, pero no lo importante. Entonces Robin Williams le dice: “Si te pregunto de arte me darás un montón de datos. Miguel Angel: lo sabes todo, aspiraciones políticas… pero no puedes decirme como huele la Capilla Sixtina. Nunca has estado ahí y has contemplado ese maravilloso techo, no lo has visto”. Vivimos en un momento de la Historia donde tenemos acceso a mucha información, pero eso no es la realidad. Nunca en la historia de la humanidad había existido la posibilidad de tener acceso a la información como actualmente tenemos. Tenemos todo al alcance de la mano pero no sabemos usarlo debidamente. Y en esta sociedad tan técnica, a veces tan poco humana, nos preguntamos en cómo volver a ser un poco más humanos, y es aquí donde aparece el arte. Parece que el arte es algo tan lejano, que es de otra época. Pero el arte es algo esencial para los hombres. Es lo que nos hace sentir que estamos vivos, que no pensar en educar a nuestros hijos y nuestros alumnos en tener gusto estético, huele a bárbaros.

Sin prisas

Por mucho que nos quejemos, todos tenemos prisa, todos esperamos que las cosas pasen con rapidez, vivimos en la cultura de lo inmediato, nos cuesta disfrutar del tiempo. Y muchas veces los padres y los profesores trasmitimos a nuestros hijos todas las prisas, el no saber disfrutar de lo cotidiano, de las cosas pequeñas de todos los días. Para eso, uno de los antídotos más importantes que tenemos es el arte. Visitar un Museo, unas ruinas romanas o entrar en una catedral gótica. Para eso preparamos la visita, la celebramos en cierta forma, porque estamos juntos, usamos la audioguías, que suelen ser magníficas, y dejarse sorprender por lo que vamos a ver. Es aislarnos de todo eso que nos consume todos los días y dedicar un tiempo a nuestra familia y a contemplar el arte. Te quedas sorprendido cuando vas al Museo del Prado y ese ambiente, el silencio, la contemplación, también es capaz de cautivar a nuestros hijos. Puedes hacer con ellos preguntas de comprensión del tipo veo, pienso, me pregunto, que usamos en la enseñanza para la comprensión en los colegios. Y puedes observar cómo ellos son capaces de hacer una historia de ese cuadro. 

Aprovechar la tecnología

Hay que tener en cuenta que no siempre podemos hacer visitas culturales in situ, por las inclemencias del tiempo o por una enfermedad y tenemos que quedarnos en casa. Decía Steve Jobs que la tecnología debía ir hacia las personas, no al revés, y ese es el punto donde podemos sacar partido: poder tener esos museos virtuales es lo que nos ofrece la tecnología. Visitar el Museo de Louvre puede ser una labor de titanes, pero puedes ver en su web vídeos con unos excelentes comentarios sobre la Victoria de Samotracia. La aplicación de Second Canvas del Museo del Prado te permite ver cómo pintaba Van der Weyden al milímetro o los arrepentimientos de Velazquez. O usar la aplicación de Google de Expediciones o Arts and Culture. El uso de las gafas de realidad virtual, aunque pueda parecer un poco ortopédico, nos pueden ayudar a darnos una vuelta por los foros romanos o ver el Pantheon de Roma desde dentro. Querer es poder.   

Para acabar. Es verdad que la tecnología nos trae al salón de nuestra casa la posibilidad de ir a cualquier museo del mundo, poder contemplar a través de Google Earth las calles de cualquier ciudad del mundo o poder ver la National Gallery de Londres. Pero al final siempre nos queda el saber lo que nos dice la Gioconda en vivo, si está enfadada, triste o irónica, o mirar hacia el techo y pensar como fue posible pintar la Capilla Sixtina.

 

Saber ganar, saber perder

El deporte lo practican humanos. Fracasan y triunfan seres humanos. Se superan o se hunden personas. Y, si es cierto que el deporte nos hace mejores, también es verdad que algunas actitudes de algunos deportistas nos llevan a reflexionar sobre la necesidad de advertir a nuestros hijos de las consecuencias del éxito y del valor del fracaso.

Un tema por el que últimamente me encuentro bastante interesado son las bondades y beneficios de la educación física y el deporte general en niñas y niños. Esos escolares viven influenciados por deportistas de élite y no son pocos los padres y madres que también intentan que sus hijos sean estrellas deportivas. Sin lugar a dudas, les mueve la mejor de las intenciones. No se me ocurre mejor deseo para un hijo que ser un gran deportista. Y tampoco se me ocurre peor método que el de la obsesión de algunos -pocos- padres que causan un daño irreversible a sus hijos cuando les ponen unos objetivos tan ambiciosos como frívolos.

No hace mucho leí un tweet en el que, tras la herida en la cara de un conocido deportista que juega en un equipo de nuestro país, se decía “Ronaldo estará de baja dos semanas en Instagram”. Importaba más la imagen del deportista que su rendimiento en el campo. Y es el ejemplo de lo que quiero contaros.

Valores de la educación física

Los valores intrínsecos a la educación física son siempre positivos. Forman parte de esos “lugares comunes” en los que todos estamos de acuerdo. El bien es siempre difusivo. Y en el deporte se trasmite una verdad, un esfuerzo, una capacidad de sacrificio, un instinto de superación… que es tan atrayente como cualquier virtud o valor. En el deporte hay algo bueno y bello. Y nadie lo puede esconder.

El deporte lo practican humanos. Fracasan y triunfan seres humanos. Se superan o se hunden personas. Y, si es cierto que el deporte nos hace mejores, también es verdad que algunas actitudes de algunos deportistas nos llevan a reflexionar sobre la necesidad de advertir a nuestros hijos de las consecuencias del éxito y del valor del fracaso. De la importancia de descubrir la satisfacción de una correcta educación física y el riesgo de confundir fines con medios: qué buscamos para ellos en la práctica deportiva, qué riesgos se asumen y qué expectativas creamos.

Estamos influenciados

Todos estamos influenciados. Nadie puede esconderse de la enorme nube que nos rodea y nos envuelve.  Se nos bombardea con estímulos atractivos. Es difícil ignorarlos por completo. La evidencia nos muestra que el hedonismo se cuela por los entresijos de nuestras vidas y, al final, no podemos obviar que nuestros hijos están expuestos a esos mismos peligros. Esa influencia no es necesariamente mala. Me gusta decir siempre que es un reto. Un horizonte se abre ante nosotros que puede llenarse de luz si estamos dispuestos a asumir nuestra responsabilidad como educadores. Esa influencia tan incisiva no puede hacernos olvidar que tenemos una capacidad enorme de ser libres.  Y enseñar a nuestros hijos la decisiva importancia de ser libres. Saber ser libres. Que no es poca ciencia. Capaces de asumir todos los retos de una sociedad.

Su mejor ejemplo

En mi juventud, durante los años 80 y 90, existían esos deportistas que idealizábamos y que, en muchas ocasiones, eran ejemplos de trabajo, esfuerzo y lucha constante. Esa influencia fue decisiva para adoptar determinadas actitudes para la práctica deportiva. Ahora estos ídolos deportivos no pueden ponerse de ejemplo para un estilo de vida. Debemos concebir la educación a 360º. Y ahí, nuestras hijas e hijos siguen las cuentas personales de celebrities, accediendo a aspectos íntimos de sus vidas… los estamos exponiendo a un abismo.  No están en esas redes sociales el futuro que esperamos para quienes tanto queremos. Y somos conscientes de lo difícil que es hacerles diferenciar la felicidad de los espejismos. Pero una vez más tenemos la herramienta de la libertad. Si la entendemos como “hacer lo que tengo que hacer porque me da la gana” y la importancia de saber que todas nuestras acciones tienen una repercusión. De poco servirá explicar a nuestros hijos cómo deben limitar el uso de redes sociales si nosotros no somos capaces de controlarnos. El mejor predicador sigue siendo fray ejemplo. Y ese reto sí podemos asumirlo aunque no veamos los resultados inmediatamente.

Expectativas – realidad = Felicidad

Hemos de ser conscientes del mundo en que vivimos. Un mundo en constante movimiento. Un mundo donde manda el imperio de lo urgente sobre lo importante. Vivimos en un mundo que ha evolucionado tendiendo hacia la dictadura del “yo”. Toda realidad gira en torno al propio sujeto. Esa situación se llama egoísmo y se nos trasmite por ósmosis.  Y es ese egoísmo el que nos hace proyectar nuestras expectativas, anhelos e ilusiones sobre nuestros hijos. Podemos mirar con sinceridad nuestras intenciones y ver qué parte de deseo se reparte entre nosotros mismos y qué parte del posible éxito corresponde a nuestros hijos. No me refiero al orgullo bueno de verles triunfar y de saber que nuestro esfuerzo ha valido la pena. Eso es legítimo. Lo que me parece menos educador es poner ahí el fin. No. No nos engañemos. El fin está en su felicidad, no en su éxito. En esta vida sólo triunfa el amor. El resto son pompas de jabón cada día más caras. Queremos que lleguen a ser lo que nosotros no hemos sido, respondiendo a eso que nuestra “cosificada” sociedad nos hace entender como triunfadores. Ellos no merecen ser depositarios de nuestras frustraciones y sí saberse queridos siempre y en todas las circunstancias.

Como resultado tenemos a padres frustrados, hijos frustrados y familias frustradas porque no han conseguido llegar a los estándares que el mundo que nos rodea estima convenientes. Han perdido su libertad interior y las han entregado a unos estándares que nadie sabe quién controla. Llegados a este punto no debe cundir el pánico. Debes recordar la sencilla formula que te indico y que hará que tu hija/o sea una niña/o feliz:

e – r = F

Expectativas (que los padres ponemos sobre ellos) menos asunción de la Realidad es igual a la Felicidad de tus hijos. Así de simple.

Educar con el corazón

Para llevar a cabo esta fórmula te recomiendo que no les trasmitas superficialidad. Olvidemos el “postureo” que se cuela en nuestras vidas y nos hace echarle una foto al steak tartar que nos acabamos de pedir en cuanto lo sirven en la mesa. Disfrutemos de una comida en familia. Demos valor a las cosas por lo que nos aportan y no por la percepción de los demás. De lo contrario, tus hijos entenderán que es más importante esa foto en Instagram que comer con ellos un domingo. Y hablar cara a cara. De corazón a corazón.

En conclusión, debemos mantener la lucha por el sentido común que, como bien han dicho ilustres escritores a lo largo de los siglos, suele ser el menos común de los sentidos, para ayudar a nuestras hijas e hijos a ser protagonistas de su propia historia. Que forjen su propio destino transmitiéndoles que han de ser fuertes para obtener la capacidad de pensar y decidir por ellos mismos, dándose cuenta de que solo así serán libres. Esa libertad sin la cual es imposible amar. Tampoco al deporte.

Lo que funciona y lo que no funciona para ganarte el respeto de tus hijos

Hoy por hoy existen dos temas del que todo el mundo se presta a opinar teniendo más o menos conocimiento: la medicina y la educación. Normalmente se alude a la experiencia personal vivida, pero sobre todo en el caso de la educación, se puede dar un paso más para poder prevenir consecuencias no queridas y alcanzar los fines que buscamos.

Lo que está claro es que todos los padres queremos que nuestros hijos sean felices, pero no basta con quererlo, sino saber hacerlo bien. La educación es  siempre intencional y sabemos que los hijos nacen educables, pero no educados. Además, ya se da por supuesto que contamos con poco tiempo y solemos estar cansados, pero es necesaria una mínima cantidad de tiempo para empezar a hablar de calidad del mismo. Debemos plantearnos si estamos dispuestos a tener, sin quererlo,  “hijos huérfanos de padres vivos” que se eduquen por otros de forma irremediable.

Retrato robot

Llegados a este punto, podemos preguntarnos: ¿Qué perfil tiene un padre que ejerce como tal  y que consigue ganarse el respeto de sus hijos? Suelen ser padres que se autoexigen; que se esfuerzan por mejorar y no tienen reparo en reconocer sus propios errores; padres que caen, pero vuelven a levantarse con más fuerza. Son aquellos que hacen sentir a su hijo exigido pero a su vez, muy querido porque se lo ha dicho una y otra vez y se lo ha demostrado explícitamente. Padres que confían en sus hijos, aunque sufran con un lógico miedo latente.

En el caso de que les preguntásemos a nuestros hijos, la descripción sería más clara aún y práctica. Desde su perspectiva, se sienten orgullosos y consideran padres atrayentes aquellos que están presentes cuando se les necesita; que tienen sentido del humor. Padres que  trabajan con profesionalidad pero que saben divertirse y disfrutar; que saben perdonar y no les supone especial esfuerzo el pedir perdón cuando se equivocan.  De igual modo, pierden la credibilidad aquellos que habitualmente no hacen lo que dicen. Ya sabemos que la palabra convence pero que el ejemplo arrastra. Esta definición  de coherencia es más rotunda aún cuando se trata nuestros hijos, pues siempre nos tienen como modelo de referencia aunque ni ellos mismos sean conscientes.

Respeto y autoridad

Para conseguir todo esto, no existe una fórmula mágica aunque sí unas directrices básicas. Una de ellas es saber que el respeto y la autoridad no se imponen; se ganan a pulso. Olvidémonos de tanto sermonear. Menos hablar y más escuchar de forma empática. A veces no buscan soluciones a sus problemas, solo sentirse escuchados y, de este modo,  comprendidos y queridos. Si cumplimos esto, podremos exigirles hasta la saciedad porque saben que es por su bien, aunque les cueste reconocerlo desde su inmadurez.

Por supuesto que hay que corregir y reconducir. Ellos esperan esos límites que les aporta seguridad y estabilidad emocional. Tenemos que ser sus padres y no obsesionarnos en ser sus amigos, ya que amigos tienen muchos y  padres solo unos. Padres cercanos, eso sí; que sufren y disfrutan con ellos y por ellos; que les tratan no como son en la actualidad, sino como quieren que lleguen a serlo.

Lo contrario a esto, sería criar (no digo educar) a unos futuros hijos analfabetos emocionales o afectivamente anestesiados que serán incapaces de ser agradecidos o de ponerse en lugar del otro. Cuanta responsabilidad la nuestra…

En conclusión, educar es una tarea difícil pero apasionante. Tengamos horizontes amplios y eduquemos a largo plazo su afectividad, inteligencia y voluntad, lo cual será  invertir, sin duda, en su felicidad, algo que todos queremos.

Hacer de nuestros hijos unos grandes lectores

Es sin duda una de nuestras metas o el objetivo más perseguido por todos los que somos padres y educadores. Seguro que en alguna ocasión habremos dicho en tutoría : “a mi hijo no le gusta leer, pero me encantaría que leyera un poco más” y en respuesta nos animaban recordándonos sus innumerables beneficios para favorecer la concentración, la comprensión, el vocabulario, la ortografía…

Si estamos en esta situación, vamos a proponer algunas claves para intentar que esto cambie.

Todo son beneficios

En primer lugar debemos recordar que la lectura es una actividad intelectual propia de los seres humanos de las más útiles e importantes que podemos realizar a lo largo de nuestra vida por ser fuente de enriquecimiento cognitivo ya que fortalece y crea nuevas conexiones en el cerebro. También sabemos que la lectura no solo favorece el nivel académico de nuestros hijos sino que además les hace crecer en el ámbito personal y en su futuro éxito profesional mejorando su concentración, creatividad e imaginación.

Hoy en día encontramos situaciones en las que parece que el promedio de atención de nuestros hijos cada vez es más bajo, sin embargo; a medida que un niño lee con más frecuencia desarrolla una capacidad de concentración durante un periodo de tiempo más largo evitando que se disperse. De este modo su capacidad de atención irá progresando gradualmente mientras acumula historias y libros en su mente. Además el hecho de empezar y terminar una tarea , como el de la lectura que tenga entre manos, le motivará y le ayudará a crear el hábito.

Entre los beneficios mencionados no podemos olvidar la ayuda que supone la lectura en el desarrollo del lenguaje a cualquier edad. Un niño que lee redunda en su expresión oral y escrita además de tener más facilidad para exponer su pensamiento y ayudarle en su propia reflexión.

Compartir lectura con nuestros hijos

El ejemplo es la mejor herramienta educativa con que cuenta nuestra familia, por eso si queremos que nuestros hijos lean tendremos que compartir ratos de lectura con ellos. No debemos obligarles si no queremos que huyan de la lectura en sentido totalmente opuesto, pero es bueno que nos vean leer, que en casa haya libros o de lo contrario les resultará raro que se lo recomendemos si no ven en nosotros un referente lector.

En una primera etapa de 1 a 4 años podemos disfrutar de la lectura contándoles o leyendo historias y cuentos a los más pequeños de la casa. Primero empezaremos con cuentos de imágenes grandes, dinámicos y poco texto que irán cambiando y complicándose en dificultad según las necesidades y ritmo de nuestros pequeños lectores. Merece la pena invertir este tiempo de lectura con nuestros hijos para afianzar y enriquecer lazos paterno filiales adentrándoles en nuevos y maravillosos mundos. ¡Es una actividad muy gratificante que además engancha!

En otras edades bastará con sentarnos a leer junto a ellos o ir la librería a comprar un libro juntos. Es en esos momentos cuando podemos aconsejarles sobre lecturas que puedan ser interesantes para su edad . En alguna ocasión sería bueno dejarles elegir un libro que les guste ya que si no terminan un libro, tal vez no sea por pereza o inconstancia, sino porque quizás nos hayamos equivocado en la elección.

Finalmente cuando tengamos dudas sobre temas o títulos, siempre podremos acudir a sus profesores o tutores que conocen bien sus gustos y las lecturas más apropiada para cada edad.

Y da igual que sea en e-book o en papel, siempre que les fomente el placer por leer.

Reto lector familiar

Por último, quería compartir un reto que estaba pensando poner en práctica en clase y que puede venir bien a toda la familia para ayudar a retomar el hábito de lectura de nuestros hijos si lo tenían algo olvidado. Se puede plantear como un juego lector familiar, puesto que en algunas edades esto tiene mucho tirón, animando y retando así a nuestros hijos a:

1. Leer un libro que tengamos en casa y que no nos hayamos leído nunca.

2. Leer un libro que hayamos empezado y que por algún motivo tuvimos que dejar a medias.

3.Leer un libro cuya película después podáis ver en familia.

4.Leer un libro de un clásico adaptado a su edad mientras que nosotros nos leemos el original.

5. Leer un libro de aventuras o viajes.

6. Leer un libro en otro idioma…

¿Aceptamos el reto?

Educar en y para la sensibilidad social

Que nuestros hijos vean cómo nos damos, en tiempo y en recursos, a los demás, y que los involucremos a ellos en esa tarea, es una herencia de incalculable valor.

Solidaridad

Cuestión de corazón

Son días de luces, adornos, escaparates, compras… ¡muchas compras! Nuestra cuenta corriente baja a medida que aumenta el número de regalos que vamos guardando hasta el día de Reyes (a veces, del adelantado Papá Noel). En cada regalo ponemos mucha ilusión… sobre todo, nos emociona imaginar qué cara pondrán.  Buscamos en las tiendas hasta dar con el regalo perfecto. Vivimos con anticipación el momento, “copiamos” la imaginada emoción, que pasa a ser nuestra… Ponemos todo el corazón… porque queremos a “nuestra gente”.

Esta es la tesis que quiero exponer: tenemos un solo corazón. Puesto que con él podemos querer a los nuestros (a eso lo llamamos amor), somos -afirmo- capaces de querer a los que no son tan nuestros (a eso lo llamamos solidaridad). Con el corazón somos capaces de ponernos en la piel del que conocemos; y por eso podemos entender al que no conocemos… Tal vez, ser solidario se enraíza simplemente en ser sensible a las necesidades y problemas de aquellos que no son tan cercanos… como si lo fueran. Mirarlos con el cariño con que miramos a los nuestros; con los ojos del corazón. Por suerte, tenemos ese corazón capaz de amar de verdad.

Mirar sin ver

Dice el Papa Francisco que “la cultura del bienestar nos anestesia y perdemos la calma si el mercado ofrece algo que todavía no hemos comprado, mientras todas esas vidas truncadas por falta de posibilidades nos parecen un mero espectáculo que de ninguna manera nos altera”. Es posible que el principal problema para educar en la sensibilidad social sea esa anestesia, que nos causa “ceguera del corazón”: miramos sin ver. Asistimos a lo que ocurre a nuestro alrededor como espectadores y no percibimos que debamos hacer nada. Por consiguiente, no reaccionamos. En todo caso, actuamos solo cuando nos enfrentamos a imágenes de catástrofes, guerras o hambrunas (¡cuántas veces tan tremendas!). A través de ellas nos sentimos interpelados de forma desgarradora. Y entonces sí respondemos, con ese corazón que todos tenemos.

Por lo tanto, me planteo algunas preguntas: si hacen falta escenas dramáticas para ser sacudido y reaccionar… ¿dónde está el umbral de nuestra sensibilidad? Frente a esto, se me ocurre: ¿no será que tenemos dos sensibilidades, una para la gente querida y otra para el resto? Y, entonces, ¿podríamos despertar ésta última y ponerla al nivel de la primera? ¿No nos haría eso más humanos? Sobre todo, para empezar con el cambio, ¿podemos empeñarnos en enseñar a nuestros hijos a mirar con el corazón, para que al mirar, vean?

Mirar y ver

Por lo tanto, busca la forma de enseñar a tus hijos a mirar y ver. En primer lugar, debes enseñarles a ver en los demás a seres de infinita dignidad, iguales a ellos; con necesidades, sufrimientos, amores e ilusiones, los mismos que podrían tener ellos. Para seguir, intenta hacer de tus hijos personas de “piel fina” que detecten las necesidades y problemas de los demás. Además, invítales a pensar menos en ellos mismos y más en los demás; a empatizar, a ponerse en la piel del otro. Muéstrales, a la vez, que no podemos solucionarlo todo, pero que hacemos lo que está a nuestro alcance. Finalmente, y no por ello menos importante, enséñales que se ayuda a los demás no sólo dando la mano: también proporcionando las herramientas que les permitan superar su situación.

Ten en cuenta que esta forma de mirar a los demás se transmite, principalmente, en la familia. No se explica: se vive. Se aprende por ósmosis. El abuelo que necesita conversación, el bebé que demanda atención y cuidados, el hermano que necesita ayuda para hacer la tarea… El sentimiento que produce percibir la necesidad de un ser querido queda grabado en la memoria. Que nuestros hijos vean cómo nos damos, en tiempo y en recursos, a los demás, y que los involucremos a ellos en esa tarea, es una herencia de incalculable valor. Y estos son solo los primeros peldaños. Ayudar a la vecina cargada con la compra, al compañero que pasa un mal momento, al pobre pidiendo en la calle; colaborar en la recogida de alimentos, o donar en una catástrofe, o ser voluntario… no son más que escalones de la misma escalera, que sólo puede subirse con la sensibilidad hacia el otro bien despierta. Como conclusión, te repetiría: enseña a tus hijos a mirar y ver.

El profe me tiene manía

Abordamos aquí uno de los clásicos de educación: la archiconocida expresión de que “el profe me tiene manía”. Sin duda a la altura de otras míticas sentencias como “eso no entra en el examen”, “hoy no tengo nada que estudiar” o “este examen no cuenta para la evaluación”.

mania profesor

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EDUCACION DEL FUTURO

Actualmente, los colegios de Attendis cuentan con unos 12.000 alumnos y su equipo de profesores está formado por más de 700 profesionales.